Galopábamos la elfa y yo en nuestros caballos por las frías tierras del Norte. Nuestro destino: el castillo del mago Melchiades. Los aldeanos del lugar nos habían dado indicaciones para llegar a la morada del tal Melchiades.
Al poco, vislumbramos el susodicho puente. Pero una criatura grotesca salió de debajo de él y se interpuso en nuestro camino. Era un ser un tanto horrible y peludo, con tan solo un taparrabos y un gran garrote en sus manos.
—¡Alto!, ¿quiénes sois? —dijo.
—Somos una compañía aventurera —aclaré yo.
—¿Cómo que una compañía aventurera? Yo solo veo a dos personas, ¿dónde está el resto?
—Bueno, somos una compañía pequeña, pero muy poderosa, he de añadir.
—¿Muy pudorosa?, pues no lo parece, viendo el escote de la elfa…
—Poderosa —corrigió la elfa.
[…]
—Un momento, si quieren pasar por el puente me han de pagar —dijo la criatura.
—Vaya, qué curioso, esto es un peaje —dije yo.
—No, no, no soy ningún paje, yo soy un trol.









